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“¡Él tiene la culpa!”

El progreso no es negativo. Aunque sí, un poco Ladrón…

Pese a las recurrentes crisis económicas del último medio siglo, si se mide por lo construido, San Rafael ha sido pujante. Muy pujante.

El crecimiento, expresado por cemento y hierro, se tradujo en viviendas individuales, barrios y country y para erigirlos hizo falta terreno.

Y en ese punto se produce el despojo. ¿Cuantas canchitas para jugar a la pelota había en el San Rafael de los noventa? Más o menos una por manzana. Los chicos vivían en el campito y solo debían estar atentos a los autos cuando la pelota se iba a la calle.

La otra preocupación pasaba por demostrar habilidades adquiridas en esa u otras canchitas. En cada acción había que exponer cómo se para (o baja) una pelota, cómo se le pega, cómo se gambetea, cómo se protege, qué es una pared, una bicicleta, una chilena, etc.

Y no todo pasaba por la técnica o la inteligencia; tal vez el conocimiento más importante era una colección de picardías para sacar ventajas más allá del talento y el entusiasmo.

La falta de escenarios para un desarrollo lúdico natural, espontáneo, hizo del juego algo más mecanizado y físico.

“¡Ya no salen jugadores como antes!” o “¡Cada vez se juega peor!”, son las quejas más escuchadas cuando un partido aburre.

Como sucede con frecuencia, el ladrón se salió con la suya y produjo un daño irreparable.

De todos modos la realidad es esta y no se puede volver atrás. Y es una realidad mundial aunque otros le encontraron la vuelta y juegan mejor. ¿Cómo hicieron? Hay que averiguar y no tener complejos para copiar. Nuestro fútbol perdió su identidad por lo que tiene que reinventarse. Debe reinventarse.

Por Roberto Armando Bravo.

Foto: Web/Ilustrativa.

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