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La curandera (cuento corto)

Las noticias corrían como “Reguero de Pólvora”, al decir de los diálogos de los Western que dominaban la matiné de nuestros cines. Eso era martes y miércoles, días en que las entradas eran más baratas, “Populares” para el eufemismo de las promociones.

Bueno, pero no quiero desviarme de lo que voy contar; lo del cine (fantástico y para otra mini historia) surgió como consecuencia de la frase “Reguero de Pólvora”.

Y el significado, o al menos el uso y costumbre, era de algo que se divulgaba rápidamente de boca en boca.

Viene al caso de la frase “te han hecho un mal”, que en aquellos años se expresaba con demasiada convicción. Era aplicable para los fracasos amorosos, problemas de salud y malos resultados deportivos, en especial los futbolísticos.

El equipo de nuestros amores (que había pasado a ser de nuestros desvelos) no podía andar peor. Es que, una cosa era perder dos o tres partidos seguidos (normal), y otra no haber ganado en todo un campeonato que iba por la mitad.

Si usted es pragmático a esta altura pensará “¿No será que eran malos?”. Sabe que tiene razón; nosotros lo asumíamos tanto, como que la mitad de los otros equipos eran “malos y peores” (al decir de mi viejo) y, sin embargo, nos miraban desde mitad de tabla.

Entonces, en aquellos anocheceres (especialmente de domingo) cuando la pobre luz de la esquina dibujaba asimétricamente nuestras siluetas, las cabezas se calentaban con pensamientos varios, a saber: la Liga nos quería mandar a la “B”, los árbitros nos bombeaban, siempre teníamos dos o tres lesionados, el técnico era miedoso, los dirigentes no servían y el club estaba empobrecido, algo que reflejaba la indumentaria raída de los jugadores.

Ante semejante cúmulo de adversidades, cuan manotazo de ahogado, apareció uno de la barra sentenciando: “nos han hecho mal”, y otro creyó recordar que, al llegar al  vestuario de una cancha visitante, nuestros muchachos habían encontrado sal por todos lados…

Cacho, agitando índice y medio, arengó con un “hay que ver a una curandera”, convenciéndonos a todos porque estábamos muy ansiosos de que algo, o alguien, nos  convenciera.

La conformidad se reflejó con el Piro sentenciando: “A grandes males, grandes remedios” (si los remedios fueran de esta naturaleza los laboratorios se morirían de hambre).

A partir de la decisión unánime hubo que elegir a quién acudir ya que había, al menos, tres especialistas. Y Tito advirtió: “no tenemos que chingarle porque algunas, dice mi mamá, juegan a dos puntas”. Finalmente coincidimos: visitaríamos a la más famosa. El problema es que vivía demasiado lejos como para ir en bici.

El acto siguiente fue acudir al histórico zapatero del barrio: don Vitonga (por Víctor). El hombre, además de coser los incosibles (si la palabra existe) gajos de la única N° 5 que teníamos, tenía una virtud respecto de otros mayores: nos escuchaba y, además, también era hincha. Mientras ponía una doble suela en unos viejos tamangos, lo pensó y prometió llevarnos en su Ford ’46.

Antes deberíamos hacer algo: la mujer en cuestión trabajaba sobre las camisetas, por lo que tendríamos que llevárselas. La noche anterior, trepamos por la pared más baja de la cancha y las descolgamos; doña Eulalia, la esposa del canchero, las había dejado “para que se orearan”. Cuando las devolviéramos diríamos que las habíamos llevado a bendecir a la iglesia porque ella era muy católica.

A la casa de la curandera se llegaba por una huella que había que transitar a pie. Tras caminar aproximadamente un kilómetro apartando cortaderas, aparecieron ante nuestros ojos un ranchito de adobe y paja, cerca un par de enormes higueras y no muy lejos el río.

La mujer apenas si hizo una venia, pidió las camisetas y las roció, una a una, con un menjunje ya preparado mientras murmuraba algo inentendible. Tras cartón, todo gestual, levantó el mentón para que nos las lleváramos.

Sobre una desvencijada mesa, con mantel de diarios del tiempo ˈe ñaupa, dejamos muchas monedas y pocos billetes -producto de una vaquita-, tomamos las camisetas y desandamos la huella.

El domingo, al término del primer tiempo ganábamos 2-0 jugando bien, muy bien. Nosotros estábamos exultantes y nos cruzábamos miradas como diciendo “¡resultó!”.

En lo futbolístico, el complemento siguió igual: brillante. Lo que a medida que transcurría el tiempo se desdibujó hasta desaparecer, fueron color y números de las camisetas que quedaron igual que las de ellos (blancas) pero sin identificación numérica.

El árbitro paró el partido y preguntó si había alternativas. El entrenador miró al utilero y este se encogió de hombros; no hizo falta que dijera lo que todos sabían: existía un solo juego de camisetas.

Con desesperación, y hasta rogando, pedimos a nuestros rivales que nos facilitaran sus opcionales pero, muy compungidos, nos aseguraron que ya las habían prestado. Vaya, ¡Qué situación conveniente!

Los 60 kilómetros que nos separaban de nuestra cancha (120 entre ir y volver) hacían imposible que fuéramos a nuestro lugar a mendigar un préstamo de algún club amigo (¿hay clubes amigos?). Tampoco existían los celulares para agilizar las cosas.

El árbitro evaluó la situación y suspendió el partido. Durante la semana, el Tribunal de Penas nos lo dio por perdido. ¡A quejarse a Magoya!

Conocido el fallo, las sombras del jueves por la noche nos encontraron cabizbajos y con demasiadas preguntas sin respuestas. El Chiche, tras pisar el último pucho, tiró como al pasar: “¿Se enteraron que las camisetas tenían mucho olor a cloro?”. Cuando se alejaba, por nuestras cabezas también rondó un interrogante: “¿Qué tenía aquel Menjunje de la curandera?”.

Por Roberto Armando Bravo.

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