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Otra víctima de las guerras

La Ruta Nacional 34 (Carretera General Martín Miguel de Güemes), en uno de sus tramos une San Miguel de Tucumán con Salta.

Los ojos no alcanzan para admirar una belleza salvaje: la del Monte Verde. Hasta hace unos años, por kilómetros desaparecía y uno veía solo tierra agreste.

La explicación de los habitantes fue que en esas extensiones incultas, ennegrecidas, quemadas, habían caído las bombas de los aviones con que las Fuerzas Armadas combatieron a los terroristas en los años setenta.

Un penoso recuerdo. Y un ejemplo del tiempo que necesita la tierra para recuperarse. La guerra doméstica había dejado su huella de desolación.

Cuando se hace el balance de las guerras y los conflictos armados, se citan cifras de bajas humanas y materiales, de las pérdidas económicas. Rara vez se pondera el daño que le causan a la naturaleza.

Es lo de menos, comparado con la muerte y el sufrimiento de los seres, pensarán algunos. Es cierto. Tanto como que esos hombres, mujeres y niños no pueden prescindir de árboles, agua y aires sanos. Tampoco gran parte de la economía puede emerger sin tierra fértil.

Aquello de que “la guerra es la guerra” es una frase simplista que se usa como salida para justificar lo injustificable.

Se puede combatir con “la paz es la paz”. Ese es el modo verdadero de prevenir la mutilación de la vida de las especies.

Ese es hoy el gran desafío de los gobernantes del mundo. Ojalá Dios los ilumine antes que tanta extinción deje a todos sin nada.

Por Roberto Armando Bravo.

Foto de inicio: www.radiosalta.com.ar

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