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“Jarillero…”

Es el mote que otrora recibían los sanrafaelinos. Es que en estas tierras abundaba la jarilla. Tanto, que tenía múltiples usos: cuando se levantaban paredes, se colocaba entre adobón y adobón crudo; también en techos, hornos y demás.

Se aprovechaba la abundancia; había verdaderos montes bajos que, en lugares, alcanzaban un par de metros de altura.

En el campo, además de los usos citados, se empleaba para curar animales. En las patas de los caballos se envolvía durante un par de días y ¡animal sanado! 

Asimismo, a los humanos curaba “dolores de panza” y gripes. En principio fue un remedio casero; luego, la ciencia médica se encargó de corroborar esas y otras propiedades.

Era tal la cantidad, que se cortaba para “alfombrar” la adherencia de carretelas (luego camionetas y camiones) en huellas y caminos embarrados.

Hoy, y desde hace varios años, también se emplea en gastronomía (hay ahumados que son exquisitos).

Y hay más: en Valle de Uco se planta en cercanías de las vides para darle a las uvas Malbec un aroma muy particular.

Aunque no como antes, en San Rafael hay una considerable cantidad (y variedad) de jarilla. Su uso puede generar algo productivo.

Por lo pronto, limitémonos a disfrutar de su aroma cuando llueve y a no cortarla indiscriminadamente.

“Jarillero; jarilla fresquita le ofrezco señora de los ojos negros…”

Por Roberto Armando Bravo.

Foto de inicio: www.diarioregistrado.com

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